Tenía la intención de perfeccionar su proceso lentamente, dándole al tiempo su justa cadencia, dejando a un lado los modos impetuosos de su primera juventud. ¡Ahora es mi momento y tengo que demostrarlo! –volvía a pensar, y casi lo decía en voz alta, exclamándolo con toda la boca, mientras su cara redonda se reflejaba al espejo, ojeras, dientes amarillos. Se sentía cómodo en su madurez. Pero sobretodo se sentía conocedor de capacidades y motivaciones, de los sinuosos desajustes del psique humana. Atrás habían quedado sus limitaciones académicas, sus despistes afectivos, o el rencor que sentía cada vez que un conocido tenía fortuna. Ahora sus limitaciones le parecían una herramienta más. Su tartamudeo originario podía servir para engañar, o para por lo menos provocar lastima. Una breve modulación de voz podía desarmar al funcionario más riguroso del municipio, y así lograr que sintiera compasión desde la ventanilla, al final corrompiéndolo del todo. Sus capacidades debían de ser aun perfeccionadas, sin embargo. No sería fácil. Pero nunca, nada, le había sido fácil. Y además su segundo nombre era fracaso.
Se volvió a quitar la corbata, porque de último le pareció innecesaria. Viéndose de nuevo al espejo realizó una especie de acto simulado de lavarse los dientes, con la yema del dedo índice que rechinó en los frontales. Desde siempre había estado al margen de sentirse cómodo con su cuerpo. Acostado boca arriba ni siquiera se veía los pies, y la noche lo despertaba con flatulencias intestinales, que llenaban de hedor las cobijas. Tal vez por ello se había impregnado de cinismo. No tenía nada que perder. Acabar en la cárcel no era un riesgo, porque de cualquier forma ya estaba solo en el mundo. Carecía de padres, de hermanos, de parientes. El pequeño cuarto que rentaba le alcanzaba regenteando una tienda de costales de lona, donde también había tratado con funcionarios de protección civil, y donde también había perfeccionado sus artes corruptoras. Más tenía la certeza que sus capacidades apenas estaban esbozadas. Sabía que podía más y con hechos lo había demostrado, desde aquella vez que hizo desistir a un policía usando la técnica del cínico influyente. Solamente le dijo firme: “lléguele maestro, váyase a molestar a otro lado, ¿que no sabe con quién está tratando?”, y sucede que sirvió, mágicamente. El mozalbete era apenas cadete de la Academia, y sorprendido y temeroso por el rigor, se lanzó a relumbrar la charola por otras calles del centro.


